Mi sala de ocio

Un hombre también necesita una habitación propia, aunque suene un poco controvertido en los tiempos que corren. Cuando le digo a mi mujer que necesito mi espacio, me mira con cara rara y dice “no digas eso muy alto, a ver si te voy a denunciar”. Mi mujer tiene un gran sentido del humor. El caso es que yo necesitaba mi espacio y con la nueva casa estaba decidido a tenerlo.

Tras varios años en la ciudad en diferentes casas de alquiler, decidimos que había llegado el momento de tomar una decisión, valga la redundancia: o seguíamos de alquiler hasta el final de los tiempos o intentábamos comprar una casa, aunque fuese alejada del centro. Y optamos por la segunda opción.

En cuanto vi aquella casa, supe que había encontrado nuestro futuro. Mi mujer se quedó fascinada por la gran cantidad de luz natural que tiene casi toda la casa. Y digo casi, porque la única zona a donde apenas llega la luz es el sótano: ahí, como un vampiro, iba a instalar yo mi sala de ocio. Aunque necesitaba una gran reforma, empecé a salivar imaginándome el pantallón de televisión, la mesa de billar, unos apliques de pared baratos para darle a todo el espacio una iluminación suave pero cálida y mi sillón preferido presidiéndolo todo.

Mi mujer me dio el OK pero con la condición de que dejara un espacio para almacenaje de emergencia: ningún problema. El resto de la casa es para ella, pero mi sala es mi refugio, pensaba yo. Pero cuando finalmente nos mudamos, la cosa se complicó un poco más. El sótano necesitaba mucha reforma y no iba a salir por poco dinero.

Además, yo estaba muy ilusionada con mi sala de ocio, pero es cierto que teníamos otras prioridades como la cocina o uno de los baños. Así que lo de mi refugio se retrasó bastante en el tiempo. Mientras conseguía financiación para mi proyecto, busqué apliques de pared baratos y le eché un ojo a una coqueta mesa de billar. Y después de un año, por fin, pude sentarme en mi sillón con mi cerveza, alejado del mundanal ruido.